Me dijieron que evite encontrarte en ese barrio, me advirtieron del misterioso poder de sus callesitas, me avisaron que en Palermo el amor no existe, pero no escuché.
Al principio pensé que se trataba de cuentos inventados, de historias de jardín, de esas que les contaban sus mamás antes de dormir, y digo "sus", porque los míos nunca hicieron esas cosas que yo, y todos los directores de películas yankees, esperan que hagan.
Cuestión que yo estaba ahí, convecida de que los edificios eran reales, que los autos eran autos, que las calles eran calles, y que el amor era amor. Que absurdo pensamiento, se trataba de Palermo.
Y seguramente la gente de ese bar me lo quiso recordar, pero qué podía hacer yo, ya todo parecía amor. Hasta al kiosquero me susurró una verdad, mientras me daba el vuelto en pequeñas monedas doradas. Hoy en día es difícil que no intenten engancharte un montón de caramelos vencidos, en vez de darte monedas. El kiosquero me pareció copado, pero ni con todas las monedas del mundo iba a lograr que lo escuche.
¿Cómo pueden decirme que esto no es amor?
Me besó fuertemente antes de partir, y revolvió mis sentidos otra vez. No lo ví partir, pero sentí que se fue.
Quizás sus miradas existían, tal vez su sonrisa sí era su sonrisa, seguramente sus paseos de la mano eran paseos de la mano, y sus besos eran besos, pero en Palermo el amor no existe, y era verdad, no era una leyenda barrial, y yo lo sentí. El amor no era amor.
