"Otoño/invierno aunque me duela decirlo, aunque me duela septiembre, aunque me quiebre por dentro..."
Quiero que me hables, pero cuando me hablas, no quiero hablarte. Te pienso y no te quiero ver. Te veo y no te quiero pensar. Te vas y quiero que vuelvas, volves y quiero que te alejes. Quiero que te quedes y me escuches, pero no te quiero hablar. Que me quieras mientras yo lo necesite, y que me ignores cuando yo lo necesite.

La guía tiene como propósito que usted sufra, que padezca desengaños, que resista desencuentros, que ame y no se sienta amado y finalmente llegue a la conclusión de que no hay conclusión. Que sepa que el amor es la alegría mas triste que existe en esta vida.

Me dijieron que evite encontrarte en ese barrio, me advirtieron del misterioso poder de sus callesitas, me avisaron que en Palermo el amor no existe, pero no escuché.
Al principio pensé que se trataba de cuentos inventados, de historias de jardín, de esas que les contaban sus mamás antes de dormir, y digo "sus", porque los míos nunca hicieron esas cosas que yo, y todos los directores de películas yankees, esperan que hagan.
Cuestión que yo estaba ahí, convecida de que los edificios eran reales, que los autos eran autos, que las calles eran calles, y que el amor era amor. Que absurdo pensamiento, se trataba de Palermo.
Y seguramente la gente de ese bar me lo quiso recordar, pero qué podía hacer yo, ya todo parecía amor. Hasta al kiosquero me susurró una verdad, mientras me daba el vuelto en pequeñas monedas doradas. Hoy en día es difícil que no intenten engancharte un montón de caramelos vencidos, en vez de darte monedas. El kiosquero me pareció copado, pero ni con todas las monedas del mundo iba a lograr que lo escuche.
¿Cómo pueden decirme que esto no es amor?
Me besó fuertemente antes de partir, y revolvió mis sentidos otra vez. No lo ví partir, pero sentí que se fue.
Quizás sus miradas existían, tal vez su sonrisa sí era su sonrisa, seguramente sus paseos de la mano eran paseos de la mano, y sus besos eran besos, pero en Palermo el amor no existe, y era verdad, no era una leyenda barrial, y yo lo sentí. El amor no era amor.
Al principio pensé que se trataba de cuentos inventados, de historias de jardín, de esas que les contaban sus mamás antes de dormir, y digo "sus", porque los míos nunca hicieron esas cosas que yo, y todos los directores de películas yankees, esperan que hagan.
Cuestión que yo estaba ahí, convecida de que los edificios eran reales, que los autos eran autos, que las calles eran calles, y que el amor era amor. Que absurdo pensamiento, se trataba de Palermo.
Y seguramente la gente de ese bar me lo quiso recordar, pero qué podía hacer yo, ya todo parecía amor. Hasta al kiosquero me susurró una verdad, mientras me daba el vuelto en pequeñas monedas doradas. Hoy en día es difícil que no intenten engancharte un montón de caramelos vencidos, en vez de darte monedas. El kiosquero me pareció copado, pero ni con todas las monedas del mundo iba a lograr que lo escuche.
¿Cómo pueden decirme que esto no es amor?
Me besó fuertemente antes de partir, y revolvió mis sentidos otra vez. No lo ví partir, pero sentí que se fue.
Quizás sus miradas existían, tal vez su sonrisa sí era su sonrisa, seguramente sus paseos de la mano eran paseos de la mano, y sus besos eran besos, pero en Palermo el amor no existe, y era verdad, no era una leyenda barrial, y yo lo sentí. El amor no era amor.

Estábamos ahí, tirados en el pasto, tratando de encontrar las estrellas que esconde la ciudad, aunque de vez en cuando se me escapa alguna que otra mirada a tu cara.
Tus ojos estaban llenos, y tu boca no daba más. Quería conocer todas las versiones que tienen tus besos en una sola noche.
Tu risa me tiene muerta de amor, y no pretendo hacer nada contra eso.
Te sentaste y te seguí por inercia, me miraste fijo y se nos escapó una sonrisa.
Que lindo que es reírnos juntos, que lindo que es estar con vos.
-No vamos a quedar hasta que amanezca acá? - Me preguntaste con un tono indescifrable.
-Sí, por mi sí - Dije algo autoritaria, porque esos tonitos de mierda que tengo a veces, no me lo sacás ni con todos lo abrazos del mundo.
Te quedaste callado, mirando lo que quedaba de Palermo, ese lado de la ciudad que nos conoce de memoria.
Volvió tu mirada hacia mí, y yo, mientras tanto, trataba de averiguar qué parte de vos me gustaba más.
- Que faroles tenés, pendeja. - Me dijiste mirándome fijo.
Me tiraste tu frase sin previo aviso, y ahí estaba yo, que después de 17 años, todavía no aprendí cómo responder a los cumplidos.
Te sonreí, porque era una de las cosas que mas fácil me salían, sonreírte.
Te abracé y volvimos a nuestra posición anterior. El mundo es mejor cuando nos acostamos.
Lo único que esperaba de esa noche, de ahí en más, era que nos abrazemos, que nos abrazemos hasta despertar.
Tus ojos estaban llenos, y tu boca no daba más. Quería conocer todas las versiones que tienen tus besos en una sola noche.
Tu risa me tiene muerta de amor, y no pretendo hacer nada contra eso.
Te sentaste y te seguí por inercia, me miraste fijo y se nos escapó una sonrisa.
Que lindo que es reírnos juntos, que lindo que es estar con vos.
-No vamos a quedar hasta que amanezca acá? - Me preguntaste con un tono indescifrable.
-Sí, por mi sí - Dije algo autoritaria, porque esos tonitos de mierda que tengo a veces, no me lo sacás ni con todos lo abrazos del mundo.
Te quedaste callado, mirando lo que quedaba de Palermo, ese lado de la ciudad que nos conoce de memoria.
Volvió tu mirada hacia mí, y yo, mientras tanto, trataba de averiguar qué parte de vos me gustaba más.
- Que faroles tenés, pendeja. - Me dijiste mirándome fijo.
Me tiraste tu frase sin previo aviso, y ahí estaba yo, que después de 17 años, todavía no aprendí cómo responder a los cumplidos.
Te sonreí, porque era una de las cosas que mas fácil me salían, sonreírte.
Te abracé y volvimos a nuestra posición anterior. El mundo es mejor cuando nos acostamos.
Lo único que esperaba de esa noche, de ahí en más, era que nos abrazemos, que nos abrazemos hasta despertar.

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