Estábamos ahí, tirados en el pasto, tratando de encontrar las estrellas que esconde la ciudad, aunque de vez en cuando se me escapa alguna que otra mirada a tu cara.
Tus ojos estaban llenos, y tu boca no daba más. Quería conocer todas las versiones que tienen tus besos en una sola noche.
Tu risa me tiene muerta de amor, y no pretendo hacer nada contra eso.
Te sentaste y te seguí por inercia, me miraste fijo y se nos escapó una sonrisa.
Que lindo que es reírnos juntos, que lindo que es estar con vos.
-No vamos a quedar hasta que amanezca acá? - Me preguntaste con un tono indescifrable.
-Sí, por mi sí - Dije algo autoritaria, porque esos tonitos de mierda que tengo a veces, no me lo sacás ni con todos lo abrazos del mundo.
Te quedaste callado, mirando lo que quedaba de Palermo, ese lado de la ciudad que nos conoce de memoria.
Volvió tu mirada hacia mí, y yo, mientras tanto, trataba de averiguar qué parte de vos me gustaba más.
- Que faroles tenés, pendeja. - Me dijiste mirándome fijo.
Me tiraste tu frase sin previo aviso, y ahí estaba yo, que después de 17 años, todavía no aprendí cómo responder a los cumplidos.
Te sonreí, porque era una de las cosas que mas fácil me salían, sonreírte.
Te abracé y volvimos a nuestra posición anterior. El mundo es mejor cuando nos acostamos.
Lo único que esperaba de esa noche, de ahí en más, era que nos abrazemos, que nos abrazemos hasta despertar.
