"Otoño/invierno aunque me duela decirlo, aunque me duela septiembre, aunque me quiebre por dentro..."
Pero valió la pena.
Ni la lluvia te detuvo. 15 minutos a la espera de un bendito bondi que me alcance hasta tu casa, y vos esperándome en la parada. Y entre nubes y gotas, así llegamos.
No sé si fue el día, si fue la lluvia, o si fue Noviembre, pero enseguida entramos al living, hasta los muebles se dieron cuenta que esta vez iba a ser diferente.
Preparaste café, acompañado de tus clásicos "-ponete cómoda"... y creo que un poco me conocés, porque no dudaste en agregarle leche a mi taza.
Te sentaste al lado mio, te pregunté cómo habías estado, y no, no estabas bien, pero te quisiste sacar de encima la pregunta con un "-bien, acá ando...".
Después de mostrarme el libro que habías empezado a leer, y hablar de temas pocos relevantes, dejaste el café a medias y me invitaste a tu dormitorio.
Quizás exagero si digo que ya lo conozco de memoria, pero así lo sentía.
Nos acostamos, sin segundas intenciones por hoy. Tu pelo seguía húmedo y la sensación que dejaba en mis manos, me agradaba.
Nuestros besos terminaron en abrazos. Habíamos entendido y aceptado que hoy era diferente, que necesitabas otra cosa. Me abrazaste fuerte y te miré fijo.
Derrepente, tu imagen protectora, de hombre fuerte y duro, había desaparecido, se había ido por un rato. Tus ojos, jurando poder soportarlo todo, no soltaban esas lágrimas acumuladas.
Nunca te había visto así. Te dí otro beso, y apoyaste tu cabeza en mí. Definitivamente, hoy era diferente, era especial.
Nos abrazamos y despertamos, una hora y media después. No hacía falta decir nada, las palabras de tu boca pagan un altísimo peaje cada vez que quieren salir, y yo, ¿qué podía decir?
Me tenía que ir. Siempre te despediste con un 'nos vemos después', pero hoy no era tan seguro.
Me pediste perdón y con un beso te contesté que no tenía nada que perdonar. Nos dijimos un 'gracias' mudo, y me fuí.
Pocas palabras fueron necesarias para hacerme sentir lo que sentí.
Pero valió la pena.
